sábado, 16 de mayo de 2009

Cuento: Yo voyeur

Yo voyeur
mitzar brown abrisqueta
a mis hijos Fernando y Arturo
Es una mañana gris. Abordo con cierta pereza la tercera combi que veo llegar hacia mí. El cobrador intenta ayudarme a subir, me hago a un lado, subo pensativa -si la amabilidad de ellos fuese verdadera-. Me acomodo en un asiento cerca de una ventana del lado izquierdo. No tengo prisa -aunque sí, la tengo, pero no quiero tenerla- hoy no me importan la prisa ni el retraso. Hoy no quiero ver a nadie, oír a nadie; solo quiero dejarme llevar por el vaivén de la gran ciudad. Quiero mirar sus calles húmedas en esta mañana triste, sus construcciones grises por el tiempo, celestes, rosas y amarillos grises, que contienen sórdidos callejones, algunas de ellas. Y preguntarme nuevamente, como tantas otras veces, quiénes viven en aquellas casas dispuestas en dos hileras perpendiculares a la vereda o en aquellas otras casas cuyos frentes se alinean a ella, pareciera que para lucir mejor sus interiores tras esos tristes y raídos o ausentes visillos. ¿Cómo es que vive la gente hacinada o una persona sola en minúsculo espacio lúgubre? Y al igual que otras veces me vuelvo a sentir morbosa, me culpan mis inquietudes, como siempre, como siempre. Y me vuelvo a preguntar cuando miro los altos edificios, unos viejos, otros contemporáneos pero muy descuidados por sus ocupantes, ¿por qué será que para estas gentes, las que habitan en estos lares, una ventanita es siempre sinónimo de repisita?, ¿por qué será que balcón y balconcito son lo mismo que tendal cuando no de depósito de cosas tristes por haber perdido su esencia para los ojos de sus crueles dueños que no se animan a cederlos a otro que les devuelva el ser? Es así pues como estos balcones, elementos arquitectónicos aparentemente inofensivos, pasan a ser parte modificadora del paisaje urbano. Ventanas y balcones son el sordo grito de una realidad de la cual cuentan según mandato inconsciente de sus dueños atrapados en ella.

Ahora que la combi se ha detenido obediente al semáforo, levanto los ojos y miro atrevida esos balcones repletos de ropas que por causa de la fina llovizna tardarán horas en secar. Pienso en sus dueños y en la prisa que tendrán por ponerse una de esas prendas –planchazo nomás pues, qué vas a hacer– le digo mentalmente a uno de esos dueños al que imagino envuelto en su toalla de baño aún con la crema de afeitar, que en realidad es espuma de jabón, puesta sobre el rostro, que quiere despertar por fin, orientado a su vez hacia el reloj que sobre la vieja pared de quincha le advierte sin pena sobre esos minutos idos. Él parece oír mis pensamientos indiscretos, da un giro sobre sus talones, divisa el planchador, vuelve a girar, da unos pasos y se inclina sobre el improvisado tendal para recoger su preciada prenda: un pantalón, y tira de ella. Las bastas, la pretina y los bolsillos más que húmedos –tengo tiempo todavía– piensa él. Lo sigo espiando, él parece gustar de ser observado, actuar para satisfacer mi morbosa curiosidad. Sigo atenta a sus movimientos. –Este hombre debe tener muchos pares de medias y muchos calzoncillos– pienso, –la ropa de algodón tarda mucho en secarse. Si quiere andar cómodo y limpio ha de tener mínimo dos docenas de cada cosa; entonces detengo mis fantasías y me río –son graciosas las cosas en las que pienso– reflexiono asombrada sin querer desprenderme de mis elucubraciones sobre la vida de ese ser imaginado entre la brevedad de una luz roja y la distancia de mis ojos hacia una ventana en lo alto....

De pronto me doy cuenta de que la combi ha avanzado mucho, desconozco esta calle. Me olvido del hombre aquel y vuelco mi atención sobre una botella de champú que se luce sin reparo de su dueño sobre el alféizar de una ventanita de un tercer piso de un edificio gris y sucio, sucio y seguramente hacinado. -Es una botella marca Alberto no sé cuántos- me sugiero a mí misma al notar el grosero tamaño –de precio adecuado para este sector– pienso. Decido imaginarme a un tipazo, aunque no tenga plata, el dueño de esa botella tiene que ser un tipazo. Esa ventanita-repisa tiene dueño. Qué hace un hombre tan bien dotado de atributos físicos viviendo ahí –me cuestiono incrédula ante mi propia fantasía–. Lo miro detenidamente. Es alto y aparentemente fuerte, tiene canas muy plateadas a los lados, es algo peluconcito, me encanta ¡Adiós mañana gris! Él, sin bata es más impactante aún; lo veo dirigirse a la ducha mientras me muestra osado su ancha espalda y las firmes nalgas que ignoran a la cruel gravedad cómplice de los cirujanos plásticos a cambio de no se qué -¿estará Mefistófeles disfrazado de gravedad?-. Abre los dos caños a la vez y prueba la temperatura –hace lo mismo que hago yo, me digo, lo mismo que hace todo el mundo, todo el que tenga agua caliente en su baño, si no, jarrito nomás- me imagino. Usa una esponja vegetal para jabonarse, luego coge la botella popular, mira con odio la etiqueta: –en pocos días tal vez te regale a la vecina para que bañe a su perro. –piensa.
Está claro, su maravillosa apariencia le ayudó a conseguir un buen trabajo. Ya no será más el abogadito de Palacio de Justicia donde ni su inteligencia ni su belleza hacen la diferencia a la hora del sueldo; será el abogado de un importante grupo de empresarios. Y ya no usará más esa ventanita como repisa aunque la ventana tal vez nunca sea solo ventana, y muchas Alberto no sé cuántos se sigan luciendo, desde ella, delatoras de ajustadas economías.
-¿Dónde estoy?– me pregunto. Miro mi reloj que marca nueve en punto, hace más de dos horas que salí de mi casa. Quiero volver, -basta de voyeurismo– me digo. No quiero hurgar más en este mundo tan común para muchos, tan sin solución, tan falto de esperanza, tan partícipe de esa herida social que no sana, -¿por qué?- Miro entonces dentro de mi único bolso de marca, me aseguro de haber metido la novela, extraigo un sol, pago y aprovecho la luz del semáforo. El cobrador de otro micro ofrece la ruta que me conviene, titubeo, -¡tal vez un taxi!– pienso. Por fin decido, pongo un pie en el estribo y subo tranquila, aliviada. Me ubico al lado de un joven estudiante, extraigo la novela de mi bolso negro y me sumerjo en el mundo de Julius.

Lima, agosto de 2004

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