En la copa de un árbol
mitzar brown abrisqueta
a mis hijos Fernando y Arturo
Descendemos del hombre, a tiempo nos escindimos de él al tratar de hallar paz y comunión con la naturaleza, ella dotó nuestros cuerpos de grueso y abundante pelo para abrigarnos, nos hizo cada vez más fuertes y ágiles para poder pasearnos por entre las copas de estos altos árboles que son nuestro lar, a la vez que nuestra despensa. No necesitamos de implementos especiales, pues nuestros largos brazos de manos prensiles y nuestras fuertes mandíbulas son ideales para subsistir. Algunas veces dudamos de haber descendido del hombre, pero los vestigios hallados, además de nuestro parecido con su fisonomía parecen corroborar esta hipótesis.
Como ves los hombres no evolucionaron físicamente, nosotros sí; por eso no hemos necesitado de esos inventos que al final nos llevarán a la destrucción, a todos. Lo que sí desarrollamos a pesar de nuestro distinto sistema de vida, es el lenguaje, muy parecido al de ellos. Hubo una breve época en la que el hombre utilizó su lenguaje para filosofar, casi consigue alcanzar nuestro nivel. Nuestros abuelos vieron aquello con agrado, pero parece que ellos no lo encontraron tan divertido y pronto dejaron de hacerlo para abocarse a la creación de armas y hacerse daño mutuamente, solo unos pocos dispersos por el mundo se hacen llamar filósofos, pero nada consiguen, nada....
El hombre ignora que nosotros, considerados anteriores a él, podemos comunicarnos. Nuestros antiguos filósofos convinieron que era mejor ser discretos, permanecer en este verde paraíso lejos de la eterna y creciente barbarie humana. Nuestras mentes se comunican sabiamente, no tenemos la mandíbula atrofiada como la del hombre. Él tiene que transformar sus pensamientos en sonidos, que llama habla, para poder transmitirlos. Ahí comienza la gran mentira de su vida, nunca dice lo que realmente piensa. Disfraza sus pensamientos con sonidos que confunden en beneficio de alguna intención oculta. Según nuestros pensadores esta mentira constante es la causa de la casi nula armonía entre nuestros parientes más cercanos. Tú estás aprendiendo nuestro milenario arte de comunicarnos mentalmente, la avidez de tu mirada me dice más de tus pensamientos que las mismas ondas que recibo de ti. No te esfuerces más por hoy, estás agotado, descansa; mañana tus ideas estarán más claras y podremos profundizar más sobre ese tema. Duerme mi pequeño, duerme confiado....
Lima, agosto de 2004