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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Casi como tener siempre la mirada sobre el retrovisor...




Casi como tener siempre la mirada sobre el retrovisor...

por mitzar brown


La expresión, así, más o menos como la de este título, no me pertenece, pero me invita a pensar que solo las personas que conducen a diario sus autos saben cómo es la ciudad vista hacia atrás, porque conforme van dejando calle tras calle, inconscientemente, miran sus retrovisores y ven detalles que otros no vemos.  En cierto modo, los conductores de auto tienen ese privilegio, negado para el ciudadano de a pie.  Hubiera pensado que mirar por el retrovisor es para mí, si no imposible, por lo menos, inusual, solo que lo haga por curiosidad o para mirar desde mi eterno asiento de copiloto a quien viaje en el asiento posterior. Pero el lenguaje es juguetón y los hablantes sabemos darles nuevos significados a las palabras. En la película Love happens, (2009) de Brandon Camp, el personaje Burke Ryan (Aarón Eckhart), un psicoanalista que trata de ayudar a las personas a superar el dolor producido por la pérdida de un ser querido, le dice, en su taller de terapia, a uno de los participantes que ofrece resistencia a ser ayudado, que deje de tener la mirada sobre el retrovisor. La orden es clara y apela a la superación del pasado. Por lo tanto, en este caso, el autoparte no nos sirve para tener un control sobre lo que está ruedas atrás y que es tangible hasta cierto punto, e incluso, con algunos cambios en el entorno (transeuntes, autos, ruidos,…), puede repetirse muchas veces. El psicoanalista refiere con su expresión al acto de mirar constantemente el pasado, y en especial, de ese pasado, un hecho que aturde el presente del tallerista al punto de no dejarlo continuar con su vida. El paciente ha perdido a su hijo adolescente en un accidente del que se siente responsable. Por eso, tiene la mirada sobre el retrovisor, y desde su presente vacío, mira una y otra vez las escenas de la pérdida de su hijo.
    Cuántos de nosotros echamos miradas al pasado a través de nuestros retrovisores, y cuántas veces estas miradas se convierten en una constante en nuestros días porque no superamos hechos que nos afectaron profundamente y que ni siquiera alcanzamos a entender. En Love happens es el duelo que viven tanto el psicoanalista, que ha perdido a su esposa, como los lectores de su libro de auto ayuda, y luego sus pacientes, el factor que mueve la trama.
    ¿Y qué pasa cuando vivimos un duelo tras otro? ¿Qué, cuando un dolor no amilana y ya pronto debemos afrontar otro? Y qué pasa cuando, además, vemos a nuestros amigos sufrir grandes e inesperadas pérdidas. ¿Debemos nosotros y nuestros amigos evitar la constante de mirar por ese mágico retrovisor cada vez que el dolor aceche? No pues, es que tenemos derecho a vivir la etapa del duelo y a ser comprendidos. Así como tenemos el deber de comprender al otro. Solo que no hagamos de ese retrovisor un instrumento perenne como lo es el autoparte. Dejémoslo existir tan virtualmente como sea posible y solo mientras necesitemos de él.
    Este mismo texto que ahora escribo es parte de mi duelo por todos los seres tan amados que en muy breve tiempo nuestra familia ha visto marchar. Es parte del inexplicable sentimiento que ocasiona el ver que amistades entrañables han debido, también, despedir a los suyos: padres, madres, hermanos. Es parte de tener que ser testigo, sin retrovisor de por medio, de cómo se cumple el ciclo vital. Y es que nacemos exactamente a las cero y cero horas de un día y empezamos a acumular segundos y días de vivencias felices o tristes, casi sin pensar en esa fecha que se nos figura lejana y desconocida, y aún no aprendemos a entender que la muerte es inseparable de la vida. No queremos nombrarla siquiera, por ello apelamos a eufemismos como: dejar de existir, partir a un mundo mejor, irse, fallecer, y mil modos más que nos ayuden a evitar decir “murió”.
    Mirar por el retrovisor épocas felices no es malo, al contrario, ayuda a que nuestros seres amados pervivan en la memoria familiar. Lo malo está en la dificultad de darle vida a nuevos proyectos por quedarse prendidos de la añoranza, en volvernos procrastinados por causa de la depresión debida al hecho inevitable  de negar la pérdida. Así, la impotencia ante la muerte, el no poder retroceder en el tiempo, el análisis cruel que muchas veces cada uno hace de lo ocurrido, los porqués, lo que se hizo o lo que no se hizo a tiempo, el descontento y la rabia, son todos sentimientos que prolongan el dolor y que se repiten cíclicamente sin dejarnos escapar. E, increíblemente, muchas veces, no queremos escapar de esa constante, y casi nos volvemos adictos, aferrados a la extraña dicha de revivir situaciones y escenas con ellos, que ya no están más.
    Asumamos que la vida durante el duelo se ve desde la perspectiva de la falta irreparable y debe ser reorganizada sin esa presencia: con la ausencia. Debe reorganizarse el uso de nuestro tiempo e incluso nuestra economía. Cosas que, paulatina o abruptamente debieron relegarse a segundos o terceros planos de importancia, ahora intentan retomar su lugar, y no es fácil, la negación impide que se reordene la vida, opera como un antihéroe y solo cede lentamente. Si queremos dejar de mirar por el retrovisor es importante aceptar que la muerte es inexorable, que también nosotros culminaremos nuestro ciclo, que el fin último de la existencia es la preservación de la especie, en una larga e inmensurable cadena desde tiempos lejanos.




sábado, 3 de septiembre de 2011


Ensayo: La palabra exacta, en la poesía de Blanca Varela.

Por Mítzar Brown Abrisqueta



Noche / vieja artífice/

ve lo que has hecho de la mentira/ otro día/Blanca Varela





Leer la poesía de Blanca Varela (Lima, 1926) implica un doble pero grato esfuerzo de tener que aislarse de la realidad inmediata e introducirse casi a ciegas en el universo abstracto expuesto por la artista. Doble abstracción entonces, la de la poeta y la de su lector anónimo, en confluencia no sincrónica que el texto “permite” como una exigencia para ser disfrutado. La noticia, hace casi dos años, de que la poeta peruana se convertía en la primera mujer ganadora del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, que “tiene como objetivo premiar el conjunto de la obra poética de un autor vivo que, por su valor literario, constituya una aportación relevante al patrimonio cultural de la literatura hispánica” (Tapia: 2006), nos sorprendió aquella mañana del 11 de octubre. Fidel Villar (2006) afirma que una de las alternativas -de los poetas de hoy- frente al uso inadecuado de la palabra es el silencio, o en todo caso es la de “(…) cuidar que el lenguaje no exprese más allá de lo que la propia palabra contiene o también (la de) intentar transformar un género literario en expresión pura de sí mismo. Siendo de esta forma, la poesía instaura una realidad que no tiene más existencia que en sí misma”. En este sentido, Villar ubica a Blanca Varela, a propósito del premio mencionado, dentro de la estirpe de poetas como Mallarmée, Rimbaud y Lautréamont, que –afirma- dieron preeminencia a la palabra en sí, y no a las ideas, para elaborar poesía. Así, por hallarse la palabra “cansada de significaciones” se la debía “radicalizar hasta sus propios límites”.A lo anterior se suma el Premio Reina Sofía, XVI Premio de Poesía Iberoamericana, que se le otorgó en mayo de 2007 y que fue recibido, en el mes de noviembre, por su nieta Camila de Szyszlo. Además fue nominada para el Premio Miguel de Cervantes, considerado premio Nobel de las letras castellanas, y que, en esta ocasión, ganara el poeta argentino Juan Gelman.Poeta vinculada a la Generación del 50, su obra es -en un comienzo- considerada poesía pura, en oposición a la poesía social, una clasificación bastante radical que hoy tiende a desaparecer. Sobre este tema, se ha discutido mucho: qué tanto se puede o se debe exigir a un poeta que comprometa su arte con la realidad social, o qué tanto una obra de arte deja de serlo por carecer de una estética aprobada por el canon vigente. Cuando Róger Neyra (2004) le pregunta sobre ello a Arturo Corcuera, éste responde:…. En el mundo socialista se equivocaron los que impusieron directivas en ese sentido. En el Perú, felizmente nos nació Mariátegui, que apreciaba mucho a José María Eguren (…). Él comprendía a los artistas, y en el ensayo que le escribe a Eguren expresa: El arte es una evasión cuando el artista no puede aceptar ni traducir la realidad y la época que le tocan (sic). Estos artistas maduran y florecen extraños y contrarios al penoso sufrimiento de sus pueblos…. (El resaltado es de propósito) En la estética de Varela se percibe más el aprecio por la palabra y el significado pleno que la autora selecciona y otorga desde su mundo interior, antes que un interés frío por conservar la métrica o la rima. El significado pleno, al que me refiero, es aquél en el que está ausente –en la palabra– toda contaminación (Villar, 2006) producida por los excesos de carga semántica que el uso le da y que, cuando no la desgasta, la embota, con lo que pierde esencia. La autora cuenta cómo, cuando niña, jugaba con los significados de las palabras: “Recuerdo claramente que no me gustaba mucho lo que me rodeaba y que, al mismo tiempo me gustaban demasiado las palabras, su sinsentido, su música” (Varela, 2002:86). Habla también de su dificultad para integrarse –en los años cuarenta– al mundo estudiantil mayormente masculino, dificultad que se vio aligerada por la amistad de Sebastián Salazar Bondy y del círculo de jóvenes poetas con los que se identificó inmediatamente para sumergirse en el mundo de todas las artes. Destaca la influencia de Emilio Adolfo Westphalen y de José María Arguedas, al que –cuenta– dedicó secretamente su poema Puerto Supe, que por sugerencia de Octavio Paz, cambió de nombre por Ese puerto existe; y, señala la importancia –para su poesía– de su posterior reencuentro con el poeta mexicano. Dice ella: “Existen, es verdad, un instinto y un azar electivos. Solo así, puedo explicarme también, por qué tuve la suerte de toparme durante aquel frío y oscuro invierno de un París de la posguerra con Octavio Paz. Sin su ejemplo, jamás hubiera perseverado en mi empeño de escribir poesía” (:88). Podemos afirmar –entonces– que su poesía es el resultado de una concentración de significados precisos, expuestos con economía. Su obra que, últimamente, ha sido más estudiada desde la perspectiva de una literatura de género, me permite, sin embargo, y gracias a que la poeta reconoce –en su entrevista con Fietta Jarque–, (2001), la influencia Zen en Canto villano, hurgar en ella, en busca de sus coincidencias con la estética haikiana. No es solo desde el poemario Canto villano –sino desde la mayor parte de su obra– que puede apreciarse que la estricta norma, métrica de diecisiete sílabas distribuidas en tres versos, del haikú moderno, no impide que la autora tome, de esta perfecta poesía japonesa, lo que conviene a su poética, como la brevedad y lo natural, al margen de la formalidad silábica. Y, como afirma Modesta Suárez (2002: 46), sobre la poesía de Varela, “(…), las imágenes son las que construyen paso a paso la estructura de los poemas cuyos versos no están realmente sostenidos por los juegos verbales ni por la rima”. Por otro lado, cuando Octavio Paz y su amigo japonés Eikichi Hayashiya deciden, en 1955, traducir la obra Oku no Hosomichi, (Sendas de Oku) de Matsuo Basho, creador de la forma haikiana, deben sacrificar la música al contenido –es decir, la métrica, no hablemos de rima, pues los haikú carecen de ella. En la Advertencia que hace Octavio Paz en la primera edición (1956) se lee: (…) y cuyo lenguaje, poseído por un infinito respeto al objeto, no se detiene nunca sobre las cosas sino que se contenta con rozarlas. La traducción de los poemas –sacrificando la música a la comprensión– no se ajusta a la métrica tradicional del Haikú pero en muchos casos se ha procurado encontrar equivalentes en español de la concentración poética del verso japonés y de sus medidas silábicas. (2003:31)
Con esto, quiero destacar que el hecho de que la métrica pueda ser obviada, cuando de rescatar la esencia se trata, me permite afirmar que el vínculo de la poesía de Varela con la poética haitiana es la esencia de esta última –su brevedad, la concentración de significados– y no tanto lo formal.


   Hagamos aquí una pausa para una exposición sucinta sobre cómo llega a occidente la influencia Zen. Es alrededor del siglo V d.C. que esta filosofía –gracias a los intercambios   comerciales entre los países del oriente, y al afán imperialista chino– es introducida a Japón, por el primer patriarca Zen japonés, Daruma, discípulo de Tamo, patriarca de la China. El budismo Zen llega a la China desde la India, donde el patriarca es Bodhidharma. Esta filosofía influye no solo en el pensamiento chino y japonés sino también en su arte. El Daruma japonés se inspira en el Mahayana, que es el budismo del gran vehículo y que afirma la doctrina del no-ego donde el yo individual es una ilusión; tampoco hay un Dios reconocible, de teología esclarecida. Esta negación del yo y del Dios concreto y reconocible no debe ser confundida con una postura nihilista, ya que, como negación, es sólo un camino para alcanzar una afirmación suprema. Trasladada esta filosofía a la literatura, es en el género lírico en donde tiene a su más alto representante: el japonés Matsuo Basho (1644-1694). Él llevó la forma haikiana a su máxima expresión. Uno de sus poemas más conocidos es: “Todo en calma; / penetra en las rocas / la voz de la cigarra”. Vemos que, además de la brevedad de sus diecisiete sílabas –al ser traducido, del japonés, se hace un esfuerzo por mantener la métrica, sin embargo, puede observarse que no se ha considerado la sinalefa para el conteo de las sílabas en español– el haikú, necesariamente, incorpora elementos de la naturaleza que llevan implícito el tiempo o estación del año a la que alude el sentido del poema, en este caso, el estío. Es “la cigarra” la que oficia de elemento que convoca a la mente del lector la estación veraniega. Este mismo poema tiene una traducción, más actual, algo distinta –de Eikichi Hayashiya– pero que coincide mucho: “Tregua de vidrio: / el son de la cigarra /taladra las rocas” (Basho, 2003:135). En la nota aclaratoria correspondiente, Paz compara esta última traducción de su amigo japonés con otra anterior, la suya: “Quietud:/los cantos de la cigarra/penetran en las rocas” (2003: 208). Justamente, es Paz (2003:42) el que insiste en la influencia de la “actitud Zen” en todas las artes, y que, en ellas, el Zen alude a la vez que elude; cita a Chicamatsu, que dice: “El arte vive en las delgadas fronteras que separan lo real de lo irreal” y “El poeta no dice: esto es triste sino que hace que el objeto mismo sea triste, sin necesidad de subrayarlo”. ¿Cómo conseguir esto último si no es porque se nombra al objeto, con exactitud, sin excesos, ni adornos? El haikú se difunde en la literatura occidental desde los inicios del siglo XX. En 1905, en Francia, Paul Louis Chochoud publica un primer poemario de clara influencia Zen, y en 1906, Los epigramas líricos de Japón. En Inglaterra, entre 1905 y 1912, varios poetas manifiestan su preferencia por esta forma poética, entre ellos destaca Ezra Pound (1885-1972) para el que era preferible presentar una sola imagen, en la vida, a una obra voluminosa. En España y América, el haikú no resultó una forma ajena debido a su similitud con la brevedad de los epigramas, las adivinanzas y las seguidillas. En México, es introducido por José Juan Tablada (1871-1945), poeta vinculado al Modernismo y al inicio del Vanguardismo, y que visitó Japón en 1900. Octavio Paz –poeta influyente en el quehacer poético de la autora Varela– señala, sobre Tablada, que: “Sus pequeñas y concentradas composiciones poéticas, además de ser el primer transplante al español del haikú, fueron realmente algo nuevo en su tiempo” (2003:20-21). Aunque, como Paz recuerda, Tablada solía llamar haikai, en vez de haikú, a sus poemas debido al contenido irónico y a la “imagen brillante”. Quiero indicar que, tanto en los haikú como en los haikai, la sorpresa –expuesta en imágenes– es un componente que complementa a los elementos tiempo-espacio que son convocados también por ingeniosas imágenes. Se puede decir que –en general– los poetas hispanos, influenciados por lo haikiano, rescatan la brevedad y la precisión para nombrar de esta forma poética, aunque varían el número de sílabas. Y es, reitero, en los poemas de Canto villano donde se observa la sutil presencia de la filosofía Zen; sobre todo, en los nueve primeros poemas, que muestran el gusto de la autora por condensar y capturar momentos o circunstancias que suelen pasar desapercibidas, como en “Después”, donde la breve sombra de una rosa inquieta los sentidos: tras la rosa / sombra (Varela, 2005: 28). Economiza significantes, pero cada uno de ellos es capaz de suscitar, en el lector, aquello que la poeta no ha hecho explícito, en su afán de ser exacta. La precisión –la correspondencia de la palabra con su objeto– parece ser la regla de oro en su obra. Así, el poema Justicia, no carente de cierta ironía, resume en seis versos la complejidad de la cadena (alimenticia) ecológica. Evidencia el sentido de la continuidad a la vez que el sinsentido del hecho de vida individual, lo fugaz y lo frágil de éste, para priorizar la trascendencia de los seres vivos como especie. Encuentro en su estética un sinsentido de lo singular que cobra sentido en lo universal. O, como señala Paz con respecto a la doctrina Zen: (…) Para provocar dentro del discípulo el estado propicio a la iluminación, los maestros acuden a las paradojas, al absurdo, al contrasentido y, en suma, a todas aquellas formas que tienden a destruir nuestra lógica y la perspectiva normal y limitada de las cosas. Pero la destrucción de la lógica no tiene por objeto remitirnos al caos y al absurdo, sino, a través de la experiencia de lo sin sentido, descubrir un nuevo sentido. Sólo que este sentido es incomunicable por las palabras. Apenas el humor, la poesía o la imagen puede (sic.) hacernos vislumbrar en qué consiste la nueva visión (2003: 40). Así como a Matsuo Basho en su poema de la cigarra, que alude a una determinada época del año, le es suficiente la utilización de la imagen, Blanca Varela no necesita ni busca explicar lo que, de por sí, alude su pequeña composición poética. En “Justicia” vemos que el gusano está expuesto al apetito del pájaro y éste, a su vez, al del hombre, que inexorablemente habrá de calmar el apetito del gusano que se encarga de cerrar y reiniciar el ciclo, que para Edgar O’Hara (1984: 42) transmite el sentimiento del eterno retorno. Esa ironía, a la que aludo, podría situar al poema de Varela, no solo como haikiano, sino también como haikai, forma que cultivó aquel otro exponente de la lírica japonesa, Teitoku -muy inclinado a la imagen brillante- al que se acercó más la poesía del mexicano Tablada (Paz, 2003: 20).

   En su obra, está claro que -como afirma ella- le interesa la poesía como expresión (Prain, 2001) y no como juego verbal; la ausencia de rima y de una métrica fija no afecta a la cadencia de sus versos. Para comprobarlo, léase en voz alta, e incluso en silencio, el poema “Monsieur Monod no sabe cantar” (2005: 49), en donde se aprecia el fluir de las ideas, propio del surrealismo, influencia que recibió durante su juventud, y que –según la estética de esta corriente– tiende a automatizar el arte, pero que en Varela, que afirma haberse sentido identificada con los surrealistas (ver Rosas 2002: 71), no se hace radical ni carente de lógica sino que fluye sin que la autora permita que los versos se abran en explicaciones que podrían parecer confesionales o querer narrar una historia, sólo deja que cada verso evoque algo y se concatene de inmediato al verso siguiente que, a su vez, va señalando el rumbo, en una lógica peculiar. Múltiples elementos de la realidad salen de su simplicidad: ‘agonía de mosca’, ‘la obscenidad de los geranios’, ‘la vergüenza del ajo’, ‘los gorrioncitos cagándose’ o ‘la patita de cangrejo atrapada’, para acompañar a las elucubraciones del Yo poético en torno al amor desvanecido. Es clara la influencia haikiana: “Piojos y pulgas: / mean los caballos/cerca de mi almohada” (Basho, 2003: 125). En los poemas de El libro de barro (2005: 67-89), nuevamente, aparece una característica haikú. Es el hecho de no poner título al poema, también ronda el tema haikiano de la creación, lo óseo es la esencia del alma: “(…) El corazón del eclipse, el viaje y el negro esplendor de la música carnal allí adentro, en el hueso del alma” (2005: 74). Como lo es la costilla, del cuerpo de una Eva implícita, en: “HUNDO la mano en la arena y encuentro la vértebra perdida. /La extravío al instante. (…)” (2005: 67). En el mismo poema, leemos: “(…) El mar huele a vida y a muerte…” donde la vida y la muerte están en tensión; obsérvese que son el dolor y la memoria, imbricados, en sucesión regresiva de ecos tras lo prístino: la vértebra, el discurrir, y la muerte. O, como afirma Bethsabé Huamán (2002: 54) “(…), como si la palabra fuera ese barro primigenio sobre el cual se experimentó el mundo (…)”.El tema de la fugacidad de la vida, de su fragilidad, vuelve en Concierto animal (2005: 93-120). Une lo afectivo a lo sensorial, en palabras que connotan desazón, el Yo poético se transforma en el ‘hálito de la rueda’, ‘el cencerro de la tempestad’ o en el ‘burbujeo del cieno’ para que su clamor sea oído, (2005: 100). Es el quid de la poética haikiana mediante el cual el Yo lírico se sacrifica para transformarse en lo observado y hablar desde su objeto. Apela a los ruidos producidos, por aquellos elementos, para capturar la atención de su lector implícito: “Si me escucharas…”.En sus inicios, Blanca Varela utiliza un Yo lírico masculino; ello se observa en Ese puerto existe. Hecho que, en alguna ocasión, la autora ha señalado se debería a la época en la que comenzó a escribir, cuando predominaba la escritura masculina. Vemos que, en líneas generales, sacrifica no sólo el género sino también la persona desde la que se expresa; es ambigua, ambivalente, porque se funde con su objeto. Sobre la preeminencia de la escritura masculina, en nuestra literatura, Marco Martos nos dice: La poesía peruana del siglo XX, aparte del caso de Magda Portal, fue privilegio de varones. Dos de ellos, César Vallejo y José María Eguren, copan, ellos solos, con la calidad de sus versos, cuatro décadas de poesía en el Perú. En los años cuarenta, dos jóvenes poetas, Jorge Eduardo Eielson y Sebastián Salazar Bondy, se reunían en los alrededores de la Universidad de San Marcos con una incipiente escritora, menor que ellos mismos. Blanca Varela había nacido en 1926 y tenía una profunda vocación literaria que desarrollaría recién a partir de 1959, cuando publicó en Veracruz, México, con un prólogo de Octavio Paz, su primer libro Ese puerto existe. (2002:74) Además, Martos define a la autora como “una poeta que excava en sus propias entrañas y que establece un curioso contraste entre una dicción límpida y el sentimiento exacerbado de estar arrojada en el mundo” (2002:77). En la poesía de Varela, la vida, lo orgánico, y la muerte, son parte del drama interno que sufre el Yo poético y que es transferido al lector como un cuestionamiento sobre su destino inexorable y que la autora llama ‘impostergable ceremonia’. En Nadie nos dice (:143), de El falso teclado (2005: 127-143), el tema es el desconocimiento de cómo enfrentarse a la muerte cuando es la propia. El eje temático del poema, donde el comportamiento instintivo de ‘el perro de la casa’, ‘el gato’ o ‘el elefante’, ante ella -la muerte- sirve de modelo que señala la simplicidad de un hecho que, de ordinario, se cubre de eufemismos por su condición de incierto y desconocido. Es eso, el misterio imposible de develar por ser alguno, el que está planteado en este poema que consigue cuestionar la creencia de la muerte como el paso a algo desconocido cuando es en realidad un final. Es el tema recurrente, es el ciclo de la vida:………………. /

………………. /

cambiar el paso/

acercarse/

y oler lo ya vivido/

y dar la vuelta/

sencillamente/

dar la vuelta (:142-143)

Sobre este tópico de la muerte y de la finalidad de la vida como ser individual es preguntado el poeta peruano Arturo Corcuera, ganador del Premio de poesía Casa de las Américas 2006. El poeta dice: “Después de los 50 nos ronda la idea de la muerte. A veces pienso que el verdadero descanso tal vez consista en que nadie se acuerde de uno, que nuestro nombre resulte extraño (…) que el tiempo haga con nuestros versos lo que los gusanos hacen con nuestro cuerpo (…)” (Neyra, 2004: 16). No es, pues, la muerte del individuo lo más importante, aunque tampoco es presentada como vana o inútil; Varela reflexiona sobre ella pero de la misma manera como lo hace con respecto a lo cotidiano, que según Ina Salazar (2002: 19) “sirven para convocar inquietudes ontológicas” y confrontar lo “circunstancial y lo trascendente”. En su poema “Otro” (:135) retoma el hecho de la continuidad de la existencia como fundamento, la vida en términos de secuencia no-interrumpida, la preeminencia de la raza humana sobre la individualidad del ser, que se torna eslabón carente de peculiaridad para permitir con su sacrificio inexorable la regeneración de la vida, además del equilibrio ecológico. Nuevamente constatamos la abstracción del haikú y la presencia de la filosofía Zen, donde la individualidad desaparece, donde el no-yo permite el hecho de la supremacía del universo como un todo vital, un sistema. En “Otro” está implícita la descomposición de un organismo, es el Yo que, nuevamente, se sacrifica para ser observado como el modelo de la interminable cadena, se acepta como parte que prioriza el fin supremo de la existencia del ser, que es biodegradable para volver en una nueva forma de vida, cualquiera del sistema: “aleteando o mugiendo” (última línea del poema). Las líneas iniciales condensan, con humildad del Yo lírico, su entendimiento del rol que le toca en la vida, en la perpetuidad del hombre y de su entorno con el que hace unidad: carezco de raíces /

de manos/

de retoños /

Ni raíces para aferrarse a la vida, ni manos para asirse a nada, ni hijos que le den continuidad a la singularidad que le tocó vivir, toda su materia será devuelta al todo para que vuelva en una nueva forma que convenga a la cadena. En las siguientes líneas:

mi frente es sólida /

como una piedra/

que será arrojada/

Observamos la capacidad del Yo lírico para hablar de sí y convertirse en el no-yo, que señalamos líneas arriba. Es el sujeto que se convierte en el objeto contemplado, convertido en piedra arrojada al mar para ser arena –dice el final del poema- y ser alimento de otro ser vivo. Es esa actitud Zen de la contemplación y no de la explicación, la que prima en su poética. Ella ha asegurado, ante la notoria presencia de la ‘muerte’ en su poesía, que: “Hay mucho valor positivo en vivir aun a sabiendas de que se va a morir. (…). Todo el mundo me habla de la presencia de la muerte en mi poesía, pero si la muerte existe ¿por qué no podemos vivir con la muerte?....” (Rosas: 72).

   Para entender mejor el planteamiento sobre la capacidad –del poeta- de la contemplación de sí mismo, observemos que, según la estética del poeta Basho, había (para el autor lírico) un primer estado, perceptivo, mediante el que debía –el artista- participar de lo esencial de la cosa de la que deseaba escribir –ella misma, su ser como parte de un todo superior a su propia individualidad. Para ello debía participar de la vida de su objeto. Como se señala en líneas anteriores, es el transformarse en aquello que es observado. Luego de la etapa perceptiva, está la etapa expresiva mediante la que se comparte lo vivido con el lector por medio de las palabras, que deben ser transparentes para que la vida interior del objeto llegue a la mente del lector tal como es percibida por el poeta: su cualidad de biodegradable. De esta manera, puede leerse el poema citado anteriormente, donde gracias a la experiencia “vivida” por el enunciador, la experiencia de la muerte que permite la continuidad de la existencia, el lector asume el rol que le corresponde en esta cadena, se ve a sí mismo como un eslabón, de la misma forma como lo hiciera el Yo lírico. Como se ha expuesto, puede afirmarse que la poética de Blanca Varela lleva implícita la filosofía budista Zen. Ella se manifiesta más, a través del contenido, que su poesía convoca, que por las formas. No es, esto último, el elemento importante de su poética. Las palabras son el medio, y, como tales, deben mantenerse austeras, pero profundas en contenido. Por eso la brevedad que, a su vez, exige el trabajo y el esfuerzo de su lector, que debe abstraerse de su entorno e incorporarse a la obra poética para asumir la tarea de desentrañar lo abstracto de sus líneas, las sensaciones condensadas en ella -la obra- y los momentos y las circunstancias efímeras que en condiciones normales no son percibidas en su magnitud. Doble abstracción entonces….



Referencias bibliográficas

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VARELA, Blanca. 2005 El libro de barro y otros poemas. Instituto Nacional de Cultura del Perú. Lima. 2002 “Su propia mirada”. En: Martín. Revista de artes y letras. Lima: Universidad San Martín de Porras. Año 1, nº3, marzo. Págs. 86-88.

Villar Robot, Fidel. 2006 “Las elocuencias del silencio (La poesía de Blanca Varela)”. Diario digital Ideal, Granada. En la Red: www.ideal.es/granada



sábado, 16 de mayo de 2009

Cuento: En la copa de un árbol

En la copa de un árbol
mitzar brown abrisqueta
a mis hijos Fernando y Arturo


Érase una vez, en tiempos pretéritos, muy pretéritos, aún cuando los continentes no acababan de separarse y los mares no hallaban cuna fija que los cobijase por causa de las continuas transformaciones geológicas, que había una especie de seres, los que miles de años más tarde decidieron llamarse a sí mismos: hombres. Ellos conformaban hordas que se trasladaban de un lugar a otro sin más norte que la subsistencia.


En aquella época -mi querido hijo- toda la actividad de nuestros antepasados debió limitarse a la obtención de alimentos sin mayor esfuerzo que el de tomarlos de nuestros preciados árboles o el de tener que cazar y pescar; para lo que se valieron de implementos hechos por ellos mismos. Todo ello, con el paso del tiempo, fue complicando la existencia de estos seres, hoy nuestro mayor problema, hijo. Les surgió la necesidad de vestirse, cobijarse, sembrar y criar animales; debían protegerse de las inclemencias del tiempo. Pronto formaron muchas comunidades que empezaron a competir entre sí, trataban de dominar: los más fuertes a los más débiles. Rara vez conseguían la convivencia armónica. Debió ser la reyerta constante entre ellos la que dio origen a la gran escisión, esa gracias a la cual estamos tú y yo cómodamente sentados en esta fuerte rama, lejos del suelo lleno de dificultades, la mayoría de ellas, ocasionadas por aquel ser con el que tenemos que compartir el planeta que está a punto de fenecer sin que nosotros podamos hacer nada.

    Descendemos del hombre, a tiempo nos escindimos de él al tratar de hallar paz y comunión con la naturaleza, ella dotó nuestros cuerpos de grueso y abundante pelo para abrigarnos, nos hizo cada vez más fuertes y ágiles para poder pasearnos por entre las copas de estos altos árboles que son nuestro lar, a la vez que nuestra despensa. No necesitamos de implementos especiales, pues nuestros largos brazos de manos prensiles y nuestras fuertes mandíbulas son ideales para subsistir. Algunas veces dudamos de haber descendido del hombre, pero los vestigios hallados, además de nuestro parecido con su fisonomía parecen corroborar esta hipótesis.


    Como ves los hombres no evolucionaron físicamente, nosotros sí; por eso no hemos necesitado de esos inventos que al final nos llevarán a la destrucción, a todos. Lo que sí desarrollamos a pesar de nuestro distinto sistema de vida, es el lenguaje, muy parecido al de ellos. Hubo una breve época en la que el hombre utilizó su lenguaje para filosofar, casi consigue alcanzar nuestro nivel. Nuestros abuelos vieron aquello con agrado, pero parece que ellos no lo encontraron tan divertido y pronto dejaron de hacerlo para abocarse a la creación de armas y hacerse daño mutuamente, solo unos pocos dispersos por el mundo se hacen llamar filósofos, pero nada consiguen, nada....



    El hombre ignora que nosotros, considerados anteriores a él, podemos comunicarnos. Nuestros antiguos filósofos convinieron que era mejor ser discretos, permanecer en este verde paraíso lejos de la eterna y creciente barbarie humana. Nuestras mentes se comunican sabiamente, no tenemos la mandíbula atrofiada como la del hombre. Él tiene que transformar sus pensamientos en sonidos, que llama habla, para poder transmitirlos. Ahí comienza la gran mentira de su vida, nunca dice lo que realmente piensa. Disfraza sus pensamientos con sonidos que confunden en beneficio de alguna intención oculta. Según nuestros pensadores esta mentira constante es la causa de la casi nula armonía entre nuestros parientes más cercanos. Tú estás aprendiendo nuestro milenario arte de comunicarnos mentalmente, la avidez de tu mirada me dice más de tus pensamientos que las mismas ondas que recibo de ti. No te esfuerces más por hoy, estás agotado, descansa; mañana tus ideas estarán más claras y podremos profundizar más sobre ese tema. Duerme mi pequeño, duerme confiado....


Lima, agosto de 2004

Cuento: Yo voyeur

Yo voyeur
mitzar brown abrisqueta
a mis hijos Fernando y Arturo
Es una mañana gris. Abordo con cierta pereza la tercera combi que veo llegar hacia mí. El cobrador intenta ayudarme a subir, me hago a un lado, subo pensativa -si la amabilidad de ellos fuese verdadera-. Me acomodo en un asiento cerca de una ventana del lado izquierdo. No tengo prisa -aunque sí, la tengo, pero no quiero tenerla- hoy no me importan la prisa ni el retraso. Hoy no quiero ver a nadie, oír a nadie; solo quiero dejarme llevar por el vaivén de la gran ciudad. Quiero mirar sus calles húmedas en esta mañana triste, sus construcciones grises por el tiempo, celestes, rosas y amarillos grises, que contienen sórdidos callejones, algunas de ellas. Y preguntarme nuevamente, como tantas otras veces, quiénes viven en aquellas casas dispuestas en dos hileras perpendiculares a la vereda o en aquellas otras casas cuyos frentes se alinean a ella, pareciera que para lucir mejor sus interiores tras esos tristes y raídos o ausentes visillos. ¿Cómo es que vive la gente hacinada o una persona sola en minúsculo espacio lúgubre? Y al igual que otras veces me vuelvo a sentir morbosa, me culpan mis inquietudes, como siempre, como siempre. Y me vuelvo a preguntar cuando miro los altos edificios, unos viejos, otros contemporáneos pero muy descuidados por sus ocupantes, ¿por qué será que para estas gentes, las que habitan en estos lares, una ventanita es siempre sinónimo de repisita?, ¿por qué será que balcón y balconcito son lo mismo que tendal cuando no de depósito de cosas tristes por haber perdido su esencia para los ojos de sus crueles dueños que no se animan a cederlos a otro que les devuelva el ser? Es así pues como estos balcones, elementos arquitectónicos aparentemente inofensivos, pasan a ser parte modificadora del paisaje urbano. Ventanas y balcones son el sordo grito de una realidad de la cual cuentan según mandato inconsciente de sus dueños atrapados en ella.

Ahora que la combi se ha detenido obediente al semáforo, levanto los ojos y miro atrevida esos balcones repletos de ropas que por causa de la fina llovizna tardarán horas en secar. Pienso en sus dueños y en la prisa que tendrán por ponerse una de esas prendas –planchazo nomás pues, qué vas a hacer– le digo mentalmente a uno de esos dueños al que imagino envuelto en su toalla de baño aún con la crema de afeitar, que en realidad es espuma de jabón, puesta sobre el rostro, que quiere despertar por fin, orientado a su vez hacia el reloj que sobre la vieja pared de quincha le advierte sin pena sobre esos minutos idos. Él parece oír mis pensamientos indiscretos, da un giro sobre sus talones, divisa el planchador, vuelve a girar, da unos pasos y se inclina sobre el improvisado tendal para recoger su preciada prenda: un pantalón, y tira de ella. Las bastas, la pretina y los bolsillos más que húmedos –tengo tiempo todavía– piensa él. Lo sigo espiando, él parece gustar de ser observado, actuar para satisfacer mi morbosa curiosidad. Sigo atenta a sus movimientos. –Este hombre debe tener muchos pares de medias y muchos calzoncillos– pienso, –la ropa de algodón tarda mucho en secarse. Si quiere andar cómodo y limpio ha de tener mínimo dos docenas de cada cosa; entonces detengo mis fantasías y me río –son graciosas las cosas en las que pienso– reflexiono asombrada sin querer desprenderme de mis elucubraciones sobre la vida de ese ser imaginado entre la brevedad de una luz roja y la distancia de mis ojos hacia una ventana en lo alto....

De pronto me doy cuenta de que la combi ha avanzado mucho, desconozco esta calle. Me olvido del hombre aquel y vuelco mi atención sobre una botella de champú que se luce sin reparo de su dueño sobre el alféizar de una ventanita de un tercer piso de un edificio gris y sucio, sucio y seguramente hacinado. -Es una botella marca Alberto no sé cuántos- me sugiero a mí misma al notar el grosero tamaño –de precio adecuado para este sector– pienso. Decido imaginarme a un tipazo, aunque no tenga plata, el dueño de esa botella tiene que ser un tipazo. Esa ventanita-repisa tiene dueño. Qué hace un hombre tan bien dotado de atributos físicos viviendo ahí –me cuestiono incrédula ante mi propia fantasía–. Lo miro detenidamente. Es alto y aparentemente fuerte, tiene canas muy plateadas a los lados, es algo peluconcito, me encanta ¡Adiós mañana gris! Él, sin bata es más impactante aún; lo veo dirigirse a la ducha mientras me muestra osado su ancha espalda y las firmes nalgas que ignoran a la cruel gravedad cómplice de los cirujanos plásticos a cambio de no se qué -¿estará Mefistófeles disfrazado de gravedad?-. Abre los dos caños a la vez y prueba la temperatura –hace lo mismo que hago yo, me digo, lo mismo que hace todo el mundo, todo el que tenga agua caliente en su baño, si no, jarrito nomás- me imagino. Usa una esponja vegetal para jabonarse, luego coge la botella popular, mira con odio la etiqueta: –en pocos días tal vez te regale a la vecina para que bañe a su perro. –piensa.
Está claro, su maravillosa apariencia le ayudó a conseguir un buen trabajo. Ya no será más el abogadito de Palacio de Justicia donde ni su inteligencia ni su belleza hacen la diferencia a la hora del sueldo; será el abogado de un importante grupo de empresarios. Y ya no usará más esa ventanita como repisa aunque la ventana tal vez nunca sea solo ventana, y muchas Alberto no sé cuántos se sigan luciendo, desde ella, delatoras de ajustadas economías.
-¿Dónde estoy?– me pregunto. Miro mi reloj que marca nueve en punto, hace más de dos horas que salí de mi casa. Quiero volver, -basta de voyeurismo– me digo. No quiero hurgar más en este mundo tan común para muchos, tan sin solución, tan falto de esperanza, tan partícipe de esa herida social que no sana, -¿por qué?- Miro entonces dentro de mi único bolso de marca, me aseguro de haber metido la novela, extraigo un sol, pago y aprovecho la luz del semáforo. El cobrador de otro micro ofrece la ruta que me conviene, titubeo, -¡tal vez un taxi!– pienso. Por fin decido, pongo un pie en el estribo y subo tranquila, aliviada. Me ubico al lado de un joven estudiante, extraigo la novela de mi bolso negro y me sumerjo en el mundo de Julius.

Lima, agosto de 2004

domingo, 18 de enero de 2009

Leer El Tungsteno, hoy

El siguiente texto es un análisis de la novela corta El Tungsteno* (1932), de César Vallejo. La intención es actualizarla y confrontarla con nuestros comportamientos actuales.El lector dirá...
Leer El Tungsteno
hoy
por Mítzar Brown Abrisqueta.

Una nueva lectura de la novela El Tungsteno (1931), de César Vallejo (1892-1938), permite, distantes del contexto que entonces rodeó a la producción de ésta, observar los hechos narrados y, cotejarlos con la realidad actual. Si vista esta novela por la crítica de su época, y aún la más reciente, como una obra de denuncia y, a la vez, de llamado a la revolución[1], es bueno, entonces, hacer la comparación con lo actual y ver qué tanto los ideales y los motivos de un amplio sector de intelectuales, que nunca vieron que se concretasen esos anhelos, representan los anhelos y motivos de hoy.
A la sensibilidad del escritor y su conocimiento de la realidad peruana - entre otras cosas, debido a su desempeño como trabajador de la hacienda azucarera Roma[2], en el valle de Chicama, donde presenció los abusos cometidos por los hacendados y autoridades en contra de los peones- se suma su pensamiento político, influenciado por el marxismo[3]. De ahí, que la concepción de esta novela obedezca a una intención de crear conciencia en un lector ideal: hasta cierto punto, instruido, capaz de comprender los puntos de vista del autor, y que, además, no ofreciera resistencia a los nuevos planteamientos, y se interesara por transformar la realidad mediante la revolución. Asunto verdaderamente difícil en 1931, cuando el país se hallaba en crisis política, económica y social, y en Lima y Callao reinaba el caos, entre manifestaciones de obreros –de la naciente clase proletaria- y disturbios estudiantiles. La represión, sobre todo cultural, como se explica más adelante, no se hizo esperar. Además aquellos burgueses en los que Vallejo quería influenciar estaban dedicados a asimilarse a la modernidad venida de fuera, un objetivo que –para ellos- en esos momentos se presentaba difícil debido a la inestabilidad económica en la que había quedado el país luego de concluido el gobierno de Leguía; la mayoría permanecía indiferente a los sucesos del interior, salvo cuando de velar por los intereses propios se tratara, aspecto éste muy similar a nuestra globalización actual, época de lo efímero, en la que casi todos estamos, unos, muy preocupados en cómo sacarle mayor provecho al dinero plástico, otros, más privilegiados, buscan cómo hacer para que más personas se “enganchen” (última versión del enganche de antaño) al sistema de crédito fácil, o en cómo diversificar sus actividades empresariales para que no los sorprenda alguna adversidad. Muy distraídos todos de lo que sucede en las zonas más pobres del país. Situación que nos invita a reflexionar sobre la efectividad de la democracia cuando las “sociedades han perdido la adhesión activa de sus ciudadanos, particularmente de los jóvenes” (McCarthy, 2000:136).
El tungsteno fue escrito el mismo año de su publicación, y como señalo líneas atrás, el autor se basó en su experiencia personal-laboral que -en la ficción- localizó en el Cuzco: en un imaginado asentamiento: Quivilca, cerca de la localidad de Colca, también ficticia, y con una empresa minera con sede en Nueva York, denominada Mining Society, que representa la inversión norteamericana en el país. Se ha señalado que los cambios bruscos sufridos por la localidad representada, que pasa de una vida completamente rural y casi salvaje, a ser un centro de comercio y producción, muestra el paso de la sociedad pre-capitalista hacia el capitalismo. Con todo lo que ello implica, como señala Washington Delgado para referirse al último cuarto del siglo XIX, precisamente en el sur del país, donde : “La revitalización económica (debida al capital extranjero) contribuyó, si no a la formación de una elite, sí al aireamiento intelectual y planteó también algunos problemas susceptibles de convertirse en temas literarios: los efectos nefastos de la política criolla del país, la explotación del indio y la corrupción moral” (1980:86). Cáceres Cuadros (2004:21) señala que la novela, aunque escrita y publicada en 1931, fue concebida desde 1926, y que según su esposa, Georgette, “desde 1913 ya rondaba la idea en su cabeza, mucho antes de la aparición de sus primeros libros poéticos”. De acuerdo con lo anterior, se infiere que hubo una conjunción entre la realidad que él recordara de su país –mientras estaba exilado por el gobierno francés, en España- y sus convicciones marxistas[4], pero sobre todo, si, en realidad, la obra fue concebida ya desde 1913, puede afirmarse que la ideología comunista solo sirvió para afianzar sus convicciones de lucha por la justicia y para estructurar la novela de acuerdo a un programa político que la sitúa dentro de la clasificación de novelas de tesis.
En la trama de la novela, el personaje encargado del discurso comunista con el que se va a intentar convencer –a la burguesía lectora y- al interior de la diégesis, a un representante de la burguesía -el agrimensor, estudiante de ingeniería, Leónidas Benites, ex socio de los explotadores, que se halla resentido por haber sido separado arbitrariamente de la sociedad- es el herrero Servando Huanta, personaje del que el narrador señala características y vivencias muy parecidas a las de Vallejo que como su personaje –salvo la pureza de sangre - también trabajó, aunque no participó en manifestaciones, en una hacienda en el valle de Chicama, donde conoció las injusticias. Así el narrador cuenta que Huanta:
Era un tipo de indio puro: salientes pómulos, cobrizo, ojos pequeños, hundidos y brillantes, pelo lacio y negro, talla mediana y una expresión recogida y taciturna. Tenía unos treinta años. (Más adelante cuenta que) (…). Otras veces ya, cuando vivió en el valle azucarero de Chicama, trabajando como mecánico, fue testigo y actor de parecidas jornadas del pueblo contra los crímenes de los mandones. Estos antecedentes, y una dura experiencia como obrero, había recogido en los diversos centros industriales por los que, para ganarse la vida hubo pasado, encendieron un dolor y una cólera crecientes contra la injusticia de los hombres. (2001:126)
A pesar de mi apreciación sobre este personaje como un alter ego de Vallejo, debo consignar aquí las interesantes consideraciones de Galdo (2007:184), que señala a Huanta como un personaje inspirado en los tradicionales líderes que, a lo largo de la historia andina, han llevado a cabo importantes rebeliones, en especial en Domingo Huarca, en Sicuani, Cuzco, sobre todo por el parecido con el nombre y la locación.
La construcción del personaje Huanta está ‘expuesta’ en la misma trama; es un hombre que ha sido testigo de los maltratos sufridos por los trabajadores de las haciendas, por ello se une a “pequeñas asociaciones y sindicatos rudimentarios” donde “le dieron periódicos y folletos en que leyó tópicos y cuestiones relacionadas con esa injusticia que él conocía y con los modos que deben emplear los que sufren, para luchar contra ella y hacerla desaparecer del mundo” (2001:127). Obsérvese que hay, en estas dos páginas citadas, una secuencia de los pasos que debe dar el hombre o que ha debido dar, es el caso de Huanta, para convertirse en revolucionario. Incluso la ambientación del rancho donde tiene lugar la reunión entre los tres personajes cuenta con algunas “fotografías arrancadas de Variedades, de Lima”, pegadas sobre los “muros de cercha, empapelados de periódicos” (2001:144). Stephen Hart nos recuerda, precisamente, que: “En un artículo publicado en Variedades (…) Vallejo describe el nuevo ‘espíritu comunista integral’ como un postulado europeo….” (1988:450). Una vez más el autor, mediante esta pequeña estrategia, apela a los conocimientos de su ‘lector ideal’ para insistir en la orientación y finalidad de su obra. La burguesía a la que Vallejo intenta llegar se halla representada en la trama por Leónidas Benites, un personaje que a pesar de pertenecer, al inicio, a la clase explotadora, está caracterizado de manera que evidencia una marcada diferencia, en sus actitudes, con los demás funcionarios de la sociedad minera. A él le preocupa tener un capital para regresar a Lima a culminar sus estudios, es excesivamente cuidadoso con su salud e higiene, por lo tanto no es promiscuo, es muy respetuoso de las formas, por lo que no duda en manifestar su rechazo a cualquier comportamiento indecente. Galdo (2007:183) destaca que el hecho de que Benites no participara en la violación colectiva a Graciela (2001:84-93), propiciada por Marino –conviviente de ésta- ‘por haberse quedado dormido’ en el momento de la orgía, representa con ello al verdadero burgués insensible a: "la avanzada del imperialismo y los abusos que cotidianamente cometen los poderosos”. Benites es el profesional, intelectual, hombre de clase media, que debe involucrarse en la búsqueda del cambio. Así, a través de su narrativa, Vallejo intenta, desde la lejanía, participar en el debate peruano sobre el indigenismo[5]. Debió ser contraproducente para Vallejo que en esos momentos, de la publicación de la novela, el Perú atravesara por una serie de “gobiernos represivos, poco respetuosos de los derechos humanos y de la actividad cultural (…) aquellas revistas en las que solía colaborar, dejaron de aparecer ‘Amauta, Mundial, Variedades’ dada la difícil situación económica general.” (Núñez 1994:391). Carlos Villanes Cairo (1988:755) resume así los sentimientos y el compromiso de Vallejo con la causa indígena: “Vallejo vino al mundo con una elección mayor: no habló por el indígena sino como el indígena; consciente o inconscientemente su literatura lleva el espíritu aborigen, que bebió en el seno materno, bautizó en la prisión y perfeccionó por los caminos del mundo….”
Todos los elementos, que sirven para demostrar situaciones de abuso, están consignados en la novela. El abuso contra los indios soras, la violación colectiva a Graciela, apodada la Rosada, que termina con su muerte; el enrolamiento arbitrario y cruel de yanaconas para someterlos a trabajos en las minas y no precisamente al servicio militar obligatorio, también degradante; la muerte de uno de los enrolados debido al trato inhumano, el consiguiente reclamo del pueblo enardecido y la actitud de las autoridades, que emprenden, por ello, una cruel masacre; la indiferencia de las autoridades departamentales y centrales frente al hecho; por último, el enriquecimiento de los comerciantes, funcionarios y de la empresa minera misma, a costa de la explotación de los trabajadores. Todo esto es narrado en las dos primeras partes de la trama, y resulta útil al personaje Huanta para, en la tercera y última parte, resumir los hechos y argumentar, sobre los porqués de la necesidad de iniciar una revolución en pos de la justicia social, ante el agrimensor Leónidas Benites y un apuntador de minas -afectado por la cruel muerte de la Rosada, que fuera su conviviente antes que de Marino, pero que él mismo cedió al comerciante debido a la afición de ella y de sus hermanas por la bebida, ellas laboraban en la preparación y venta de chicha.
En la primera parte de la novela, son los soras –representantes de la vida salvaje- los que con su actitud conducen a crear el clima necesario para que se pueda destacar el comportamiento de los ‘civilizados’ llegados a Quivilca, contratados por la empresa norteamericana Mining Society , para dedicarse a la explotación de los yacimientos de tungsteno, mineral codiciado para la fabricación de herramientas y que luego, al ingresar Estados Unidos en la guerra europea, se haría imprescindible para la fabricación de armamento bélico. Galdo (2007:187) refiere que los soras fueron un grupo étnico originario de la zona de Ayacucho, dominado primero por los chancas y luego por los incas. Los dominadores se enfrentaron al, entonces, espíritu guerrero de los soras con los que tuvieron que tranzar para vivir en armonía. Es a partir de la colonia, que los indios soras son sometidos al cruel trabajo de la mita, situación que relata, dice Galdo, el cronista Poma de Ayala en sus Corónicas…. En la ficción de Vallejo, los soras son recreados como seres inofensivos e indiferentes a las riquezas materiales, con curiosidad propia de niños. Es por eso que los recién llegados, entre ellos personal norteamericano y limeño, que llevan consigo sus ambiciones personales, nada espirituales, mas bien sí, materiales, se sorprenden y se muestran perplejos al primer contacto con los soras, gente aborigen muy trabajadora pero completamente desinteresada, y por el contrario, muy generosa y desprendida. Esta exagerada inocencia con la que el narrador describe a los indios soras contribuye a destacar la ambición y maldad de los burgueses –profesionales y especialistas- y de los funcionarios de alto rango de la empresa minera.
Es alrededor de las humildes viviendas de los indios, que se va creando el poblado minero de Quivilca, que pronto es dotado de todas las instancias y autoridades mínimas necesarias. Y es a costa del despojo de las pertenencias de los soras -tierras, animales- que José Marino, que tenía la exclusividad del bazar y la contrata de peones para la mina, crea sus riquezas. Además, crecen las necesidades de los nuevos habitantes, llegados con sus respectivas familias, que José Marino se encarga de abastecer. Debo observar, que los soras son, en la trama, el elemento que por oposición va -como señalo en el párrafo anterior- a contribuir a destacar el comportamiento de los otros personajes, pero lo que interesa al discurso –por lo que se observa- es concienciar a favor del proletariado, sector en el que los soras no se incluyen pues pocas veces trabajan en las minas y cuando lo hacen no reciben nada a cambio; gustan, en extremo, del trabajo, y cada vez que, con argucias, son desposeídos, van -sin enojo alguno- en busca de nuevas tierras para cultivar y nuevos animales que domesticar.
Esta etnia es considerada gente tonta, sin ambiciones, sin autoestima, no fiable como fuerza laboral de la mina pues abandona el trabajo a su antojo. Esta manera, de caracterizar al aborigen, casi como niño, sumamente ingenuo e irresponsable -aunque está ausente todo paternalismo hacia ellos- es propia de la literatura indianista, sin embargo los factores de producción y temática la ubican entre la narrativa indigenista[6]. Respecto de esto, en Cáceres (2004:23) leemos: “Es cierto que en la presentación del indio, sean los soras o comuneros, hay un cierto ‘rousseanismo’ por lo del ‘buen salvaje’, pero es una de las antítesis para profundizar el efecto negativo de los civilizadores, detrás de los cuales está el interés económico….” El nudo de la trama llega cuando la Mining Society pretende una mayor producción de tungsteno. Primero traídos de Colca[7] y zonas aledañas, los ‘trabajadores’ resultan insuficientes para satisfacer la demanda del mineral. Los lugareños se resisten al trabajo en las minas, que han dejado de ser un atractivo por las malas condiciones de trabajo. Es entonces que, en aras de cumplir con las exigencias que, desde Nueva York, llegan a los funcionarios misters Taik y Weiss para mayores envíos de tungsteno, las autoridades serviles, y el comerciante encargado del enganche de peones, no dudan en emprender una cacería de yanaconas, que tratados como seres sin derechos, ni condición moral, son humillados, durante su traslado, por hombres de la gendarmería.
Estructurados a favor del realismo, los elementos que conducen al descontento popular, son expuestos por el narrador. Así, deja entrever la perplejidad que causa el comportamiento de los soras en los recién llegados a Quivilca, y la forma cómo se benefician sin escrúpulos de la bondad de los nativos. También vemos la presencia de abusos en contra de la mujer humilde y de pueblo, en contra de los obreros de las minas, y de las familias y de sus hijos al momento de enrolar a los indios que supuestamente han evadido el servicio militar. Los atropellos causan penosas muertes que quedan, como delito, impunes, sin que las autoridades del gobierno central se enteren siquiera, y sin que las departamentales al ser informadas escuetamente de los hechos, ‘sospechen’ siquiera de que las ridículas informaciones son incompletas. Con todos estos elementos, la novela de Vallejo pasa a formar parte de la literatura social que busca dejar huella y ganar conciencias.
La revolución, así soñada: “El viento soplaba afuera, anunciando tempestad”, última línea de la novela, no se produjo en el Perú, y los años nos mostraron cómo -en otros lugares- los líderes revolucionarios, nacidos del pueblo, que llegaron al poder, traicionaron a sus seguidores y se convirtieron en elites gobernantes, disjuntas del mundo, y de espaldas a la miseria de sus poblaciones. Ya lo había advertido Manuel González Prada, en sus Horas de Lucha como nos lo recuerda Roland Forgues (2007:20): "Toda revolución arribada tiende a convertirse en gobierno de fuerza….” Entonces, muchos quizá, hemos llegado a la conclusión de que no era esa –aquella planteada por Vallejo en su obra- la forma mejor de darle solución a tanta injusticia, pero ignoramos, hasta hoy, cuál es la mejor manera de conseguir equidad, porque lo sucedido, en estos tiempos, en nuestros países, no nos ha mostrado progreso alguno en el ideal de conseguir una sociedad más pareja, con un mejor reparto de los bienes, pero, sobre todo, una sociedad segura de la transparencia de sus gobiernos, vale decir, de no-corrupción. Es por ello el planteamiento que hice al inicio de este artículo. Aún hoy, para no distanciarme de la temática de la novela aquí comentada, subsiste el abuso en contra de las poblaciones cercanas a los diversos yacimientos mineros. Hace poco, vimos en la televisión local un documental[8] que mostraba la grave situación de los comuneros y sus familias, en la ciudad de Cerro de Pasco, incluso de los cerreños que se desempeñan en otras actividades. Todos ellos sufren cada día el continuo deterioro de sus viviendas por causa de la explotación a tajo abierto, un tajo que va, literalmente, devorando las casas humildes de los cerreños, por lo que éstos deben ir abandonando sus moradas para edificar otras en un continuo originado en la ampliación del tajo debida a la demanda de minerales. Como en la historia que se narra en El Tungsteno, donde los verdaderos moradores parecen no tener vida propia, en Cerro de Pasco las vidas de sus habitantes no son más importantes que la explotación del mineral, sus tranquilidades tampoco, continuos temblores de tierra los alarman; y la salud de sus niños, que no alcanzan la talla apropiada a sus edades, está en peligro; pero si no es por un documental, no nos informamos, las autoridades locales callan y el gobierno central promete trasladar la ciudad.
Recojo aquí las convicciones de Hannah Arendt -analizadas por Michael McCarthy (2000). Ella abogaba por un pensamiento político independiente pero basado en la memoria, donde las experiencias concretas, que son fenómenos observables, nos den la pauta de nuestras políticas. Interesa su reclamo por una participación efectiva y activa de los ciudadanos en la política de su país, con el fin de evitar gobiernos autoritarios que se beneficien de la alienación de sus ciudadanos, del quehacer político. Por eso, a la pregunta inicial de este artículo, sobre qué tanto estaría vigente el pensamiento de intelectuales como César Vallejo, en busca de justicia, y apoyada en las reflexiones que hiciera Arendt, para, también, dar una mirada a la actual situación del país, donde todos hemos sido testigos del descubrimiento de crímenes de lesa humanidad, puedo afirmar que no les faltó razón al ver en el ciudadano medio, un distanciamiento casi involuntario de los problemas sociales. Considero que esa situación no ha cambiado, y que podríamos hacernos la siguiente cruel pregunta: ¿No será que, como Leónidas Benites, seguimos dormidos? Como pensó Arendt, no basta con haber nacido para tener derecho a los derechos humanos, es importante la pertenencia activa a una comunidad política que haga respetar esos derechos, y sobre todo, reconocernos como una pluralidad donde los derechos de cada uno hallan su límite en los derechos de los demás.
Notas [1] Es considerada novela de tesis porque predomina la idea sobre la acción. No disimula su propósito docente, crea polémica sobre el tema que interesa al autor, que utiliza a los personajes de forma estratégica para alcanzar un fin preconcebido.
[2]Consigno aquí lo señalado por Phycis Rodríguez-Peralta (1984:437, nota 8) respecto de la experiencia laboral de César Vallejo: “En 1910 Vallejo trabajó en las oficinas mineras norteamericanas; en 1911 fue tutor del hijo de un rico hacendado y propietario de minas; en 1912, un ayudante de cajero en la hacienda Roma, vasta finca de caña de azúcar cerca de Trujillo. de Quiruvilcca.
[3] Hecho que lo induce a incorporarse, en 1928, al Partido Comunista Peruano, cuando –en Francia- tiene ya amplia participación en el partido comunista, por lo que es exilado a España donde se inscribe, de inmediato, en el Partido comunista español. Entre 1928 y 1931 visitó Rusia en tres oportunidades, ello le permite reunir suficiente material para escribir y publicar: Rusia, en 1931: Reflexiones al pie del Kremlin, y Rusia, ante el segundo plan quinquenal, terminado en 1931. (Bruzual, Alejandro)
[4] Sobre el pensamiento político de César vallejo y su adhesión al comunismo-para efectos de interpretación de su obra- debe tenerse en cuenta, según refiere Stephen Hart (1988: 450), el aspecto cronológico de sus afinidades a las diversas tendencias de esta ideología: “Vallejo pasó por tres etapas claras –revolucionario vanguardista, trotskismo y finalmente stalinismo”.
[5] Véase Villanes Cairo (1988: 755)
[6] En Galdo (2007: 176) leemos: “…hay quienes consideran a El tungsteno como el texto que da inicio a la novela indigenista no sólo en el Perú sino también en Hispanoamérica”, y se cita a Lisiak-Land Díaz Ya González Vigil.
[7] En Galdo (2007:185) leemos: “(Colca en quechua significa granero y funciona literalmente como el lugar que provee de mano de obra a la mina)
[8] Programa emitido América televisión. Reportaje de Maribel Ocampo et.al. 20 de abril de 2008.
Fuentes:

CÁCERES Cuadros, Tito. 2004 “Presencia y Vigencia de El tungsteno”. Revista peruana de literatura. Nº 1, mayo-junio 2004. Lima. pp. 21-23.
GALDO, Juan Carlos. 2007 “Tempestad en los Andes: Alegoría y revolución en El tungsteno, de César Vallejo”. Revista iberoamericana. Vol. LXXIII. Nºs 218-219, enero-junio. Texas. Pp.175-192.
DELGADO, Washington. Historia de la literatura republicana. Rikchay Perú.Lima. 1980
FORGUES, Roland. Scorza en el siglo XXI. Por el camino de la potmodernidad, 2007 Muerte y resurrección de los dioses. Revista de artes y letras. Martín. Año VII. Nº 17.
HART, Stephen. 1988 “La cultura y la política en la prosa periodística de César Vallejo”.
McCARTHY, Michael. El pensamiento político de Hannah Arendt. Instituto de ética 2000 y desarrollo de la Ecuela superior Antonio Ruiz de Montoya. Lima. Cuadernos hispanoamericanos. Nº 454-455, abril-mayo. Madrid. pp. 449- 456.
NÚÑEZ. Estuardo. “La recepción de Vallejo en el Perú, durante la etapa ‘trílcica’. 1994 (1922-1937)”. Coloquio internacional. Vallejo, su tiempo y su obra: actas. Universidad de Lima. Lima. Pp.387-395.
VALLEJO, César. 2001 El tungsteno. Peisa. Lima
VILLANES Cairo, Carlos. 1988 “El indigenismo en Vallejo”. Cuadernos hispanoamericanos. Nº 454- 455, abril-mayo. Madrid. Pp.751-776.
RODRÍGUEZ-Peralta, Phyllis. “Sobre el indigenismo de César vallejo. Revista 1984 Iberoamericana. Vol. L, nº 127, abril-junio. Pittsburg. Pp 429-444- En la red: BRUZUAL, Alejandro. “Los viajes de César Vallejo a la Unión Soviética: La dialéctica s/f del vaso de agua”. En: A contra corriente. Revista de historia social y literatura de América Latina. Universidad de Pittsburg. Consultado: 5 de junio de 2008. URL: http://www.ncsu.edu/project/acontracorriente/fall_06/Bruzual.pdf
OCAMPO, Maribel. Reportaje sobre la explotación minera a tajo abierto en Cerro de 2008 Pasco. Programa Cuarto poder. URL: http://www.americatv.com.pe/cuartopoder/index.asp Créditos del reportaje. Maribel Toledo Ocampo; Carlos Correa, edición; Sergio Vergaray, camarógrafo.
*"Leer El Tungsteno, hoy". Brown Abrisqueta, Mítzar. César Vallejo. Revista Martín. Revista de artes y letras. Universidad San Martín de Porres. Año VII, número 18/19, octubre de 2008.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Conversaciones con Lily Hoyle

Conversaciones con Lily Hoyle

A la hora convenida, las cinco de la tarde, del cinco de diciembre, llegué a la casa de Lily Hoyle. Nos conocimos durante la celebración del simposio Re-descubriendo a Scorza (2007), que organizara Tomás G. Escajadillo. De hecho, ella me preguntó al recibirme en su casa: -¿dónde fue que nos conocimos? –hmmm, traté de hacer memoria, y dije: ¿en la presentación de Martín? –No, –señaló- fue en el simposium, desde ahí nos conocemos. -Es verdad –dije-¡cuánto tiempo ya! Y es que luego de algunos encuentros en los diversos homenajes que se hicieron a lo largo de este año a Manuel Scorza, incluida una visita mía a su stand en la Feria Internacional del Libro, por fin podíamos conversar en la tranquilidad de su hogar.

Días antes, el 27 de noviembre, el día anterior a que se cumpliera el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Manuel Scorza, fue suspendida –hasta un nuevo aviso- la presentación del libro que recoge las ponencias del simposio mencionado en el párrafo anterior. En la puerta de la Casona de San Marcos –donde debió realizarse dicha presentación- nos encontramos Lily Hoyle, Eduardo M. Escorza Hoyle, Arturo Corcuera, Jaime Guadalupe y esta servidora. Conformábamos pues un pequeño grupo y, por sugerencia de Eduardo, nos trasladamos, en busca de un café, a los portales de la Plaza San Martín. Cuento esto porque noté, en la familia Escorza-Hoyle, ese modo optimista de ver la vida y los sucesos del día a día. Para Eduardo esa pequeña reunión era una buena manera de homenajear a su padre, sobre todo por la presencia del poeta Arturo Corcuera, que fuera, precisamente, el que le diera un último adiós a Manuel Scorza, al pie de su tumba, el día del entierro. Para el hijo, era pues una coincidencia feliz, y quizá una travesura más de su padre que de alguna forma había provocado esa situación. Hay hitos en el tiempo histórico de una familia que sirven de derroteros para el recuerdo. Esa noche, mientras nos acercábamos a los portales, Jaime Guadalupe le recordaba a Lily, con el cariño que lo caracteriza frente a todo lo que tiene que ver con el autor y su obra, que años atrás, en esa misma calle, en esos mismos portales, Manuel se había retratado acompañado de Pablo Neruda y su esposa, y que Lilly no pudo acompañarlos esa tarde porque su primera hija Ana María estaba por nacer. Eso, más el comentario de Eduardo que ya les comenté, me hizo pensar que, efectivamente, los lugares guardan un magnetismo especial, y una magia que no deberíamos dejar pasar, así, tan desapercibida, sino sentirla y vivirla como esa noche nos la hizo advertir Eduardo. Hago aquí una pequeña disgresión para contarles que el día sábado 13, a las 10.15 am., según me acaba de informar Lily, nació Analucía ('se escribe así, todo junto', me dijo).Es la primera bisnieta de Lily y Manuel Scorza, ¡Qué año! ¿no?

El día de la entrevista, la tarde transcurrió casi sin sentir, y entre aromático café y unos dulces, sin un rol de preguntas planeado, preferí dejar que ella eligiera el rumbo de la conversación, interrumpida por breves llamadas de amigos o familiares que deseaban saber si ya había nacido el primer bisnieto de la familia Scorza-Hoyle.

Así, refiere que Manuel era sumamente engreído: “porque cuando a Manuel le gustaba un terno, él se ponía eso todos los días. Entonces no había chance para estar zurciendo el bolsillo… Y que él tenía mucha ropa, pero… Manuel fue muy engreído por su madre, cuando no era temporada, por ejemplo, de fresas, él quería fresas… y su madre daba la vida por él, lo malcrió… conmigo… mejoró, pero… fue muy engreído desde chico, desde que nació, por su madre, no por su padre, con su padre tuvo un trato normal pero su madre lo engreía mucho”

-Y cómo era él con sus hijos.

-Ah… Manuel fue buen padre, relativamente ¿no? porque nos separamos, él se fue, se fue para vivir su vida en París.

-Sí, usted cuenta que se regresó sola de Paris.

-Eso fue el primer viaje que hicimos…, después terminando ese viaje ya el matrimonio se malogró, después de un año él se fue solo. Entonces no sé pues, él fue muy buen padre, relativamente, -repite- porque…nos mandaba la pensión,…el dinero para los gastos, ¡escribía a mis hijos todos los días! No existía la computadora, si no, hubiera escrito todos los días,¡Imagínate eso!, en ese sentido fue buen padre. Se fue pues, otras parejas se separan pero están ahí cerca pues, nosotros no,mis hijos no lo veían.

-No lo han gozado mucho.

-No, no lo han gozado, aunque Eduardo sí, algo…, porque ahora precisamente a la hora del almuerzo, estábamos comentando sobre el carácter de su padre, tenía su carácter, y hoy hablamos de eso, o sea que él -Eduardo- si lo recuerda a él, recuerda cómo era... Y en ese sentido –del temperamento- mis hijos no salieron a él.

-¿Cómo hacen cuando deciden sacar nuevas ediciones, quién de ustedes autoriza? Leí en Internet, el año pasado, que… en Argentina estaban sacando toda su obra. Eso es algo importante ¿no?

-Sí, mis hijos firmaron, también su medio hermana firmó, y Jaime Guadalupe fue el que hizo el contacto, él vio lo del contrato. Y todo estuvo bien creo… Con Alas peruanas ha sido algo distinto, ellos podían hacer la edición -que ya es un esfuerzo grande ¿no?-pero nos iban a pagar en libros. En la feria para que yo esté cómoda me pusieron un stand, donde yo pude vender mis libros ahí,y vendí bien, sí... vendí; los otros –los de Manuel- los vendía el personal de Alas. Todavía no sabemos si se va a concluir con toda la pentalogía.

-Y su libro…

-En mi libro solamente cuento hasta el momento en que Manuel y yo nos hemos separado. Cuando nos separamos mi hijo Eduardo tenía siete años. Ahí cuento lo que contribuye a destacar a Manuel y su obra, eso es lo importante.

-Esa época, la época que ustedes vivieron juntos, me parece que, por lo que he leído, fue muy intensa.

-Fue una época buena para nosotros, él produjo intelectualmente y le fue bien. Teníamos muchos amigos, reuniones. Y él, a pesar de que era muy engreído y eso hacía que no disimulara su fastidio por algo, siempre estaba sonriente, todo el tiempo. Yo lo recuerdo mucho así, sonriendo. Era hogareño y le gustaba que la casa estuviera con invitados, llegaban poetas como César Calvo, Arturo Corcuera, Reynaldo Naranjo, que está en mi libro como editor general, y muchos más que iban a la casa y entonces cada uno leía lo que había escrito esa semana, su poesía, había mucha actividad…

Eduardo, con su engreído Perio.

Llegó el momento de despedirme de mi amable anfitriona, antes, nos entretuvimos tomando unas fotos. Ya me retiraba cuando llegó Eduardo que gentilmente me invitó a quedarme un rato más, me disculpé, pero aprovechamos en tomar unas cuantas fotos más. Quedamos en comunicarnos para una próxima charla. Sinceramente, quedé muy agradecida de que me recibieran en la calidez de su hogar.

Cómo citar este texto: Brown Abrisqueta, Mítzar."Conversaciones con Lily Hoyle". En http://creacionycritica.blogspot.com/2008/12/conversaciones-con-lilly-hoyle.html Blog: Creación y crítica. http://creaciónycritica.blogspot.com/ Lima, 5 de diciembre de 2008.

domingo, 17 de agosto de 2008

El libro de Lily Hoyle de Scorza: Homenaje a la palabra

El libro de Lily Hoyle: Homenaje a la palabra
Una de las más importantes presentaciones que tuvo lugar durante la décimo tercera Feria Internacional del libro fue, sin duda, el libro Homenaje a la palabra, de la Biblioteca Manuel Scorza, publicado por la Universidad Alas Peruanas, que recoge la autobiografía de Manuel Scorza y, entre otros textos, el testimonio de su viuda, Lily Hoyle: “Mi vida junto a Manuel”. En esta entrega los lectores e investigadores de la obra scorziana podemos apreciar manuscritos y tipeos del autor, borradores de su obra inédita El Descubrimiento que será editada por el fondo editorial de la UAP, posiblemente, este año, luego de finalizar con la entrega del resto de la pentalogía La Guerra silenciosa y de su obra poética, según me manifestó la señora Scorza mientras autografiaba su libro. La novela El Descubrimiento se hallaba “en proceso de corrección cuando ocurrió la tragedia en Madrid”, se lee en la página 143 del texto. El significado de esta tragedia está expresado, en parte, en la serie de poemas, escritos por amigos y familiares, que esta obra registra. Otro elemento destacable en este libro es la consignación completa de las publicaciones que se hicieran, gracias a la labor empresarial de Scorza, por Populibros. Una hazaña que, como cuenta el profesor Tomás Escajadillo, ha sido irrepetible hasta la fecha.

miércoles, 9 de julio de 2008

EFRAIN MIRANDA, HOY. Un coloquio.

“Coloquio Internacional de Literatura. Vigencia de la poesía de Efraín Miranda. Más allá de los márgenes y los silenciamientos”
EFRAIN MIRANDA, HOY.

por Mitzar Brown Abrisqueta

La obra del poeta puneño motiva el “Coloquio (Inter) Nacional de Literatura. Vigencia de la poseía de Efraín Miranda. Más allá de los márgenes y los silenciamientos” organizado por la Escuela de Literatura, el Departamento de Literatura, y el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Dentro del marco temático propuesto por los organizadores se verá tanto la oralidad y poesía andina, en especial la poética de Miranda y sus estrategias discursivas, como la producción literaria del indigenismo y neoindigenismo. Como se sabe, Efraín Miranda (1925,) es autor de los poemarios: Muerte Cercana (1954), Choza (1978), Vida (1984) y Padre Sol (1998). Su obra muestra la capacidad del yo lírico de compenetrarse hasta la pertenencia con el mundo andino para manifestar, en poesía, la cosmovisión y el sentimiento de sus pueblos. Los lectores, de la comunidad literaria y afines, interesados en asistir o en presentar sus ponencias, pueden encontrar detalles de esta convocatoria en la siguiente dirección: http://gonzaloespino.blogspot.com/2008/06/efran-miranda-coloquio-nacional-de.html Este coloquio se llevará a cabo los días miércoles 22, jueves 23 y viernes 24 de Octubre 2008.

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